Otro apartado del libro de Punset que me ha resultado interesante, especialmente para gente que, como yo, está con grandes incertidumbres respecto a su futuro cercano.
"Bastarán dos ejemplos de lo que Avner califica de tecnología del compromiso. 'Renunciaré a los ingresos de unos cuantos años, pero esto me conducirá a la obtención de un título profesional o académico. Este título me dará la posibilidad de tener una vida más interesante, de ser rico y, también, de seducir a la pareja que quiero'. Otro ejemplo más trivial: 'Esta noche, en lugar de ir a la discoteca, me quedo en casa repasando tareas para asegurarme de que la semana que viene aprobaré el examen'.
En parte, la sociedad constituida suministra las herramientas necesarias para solucionar este problema mediante un entramado de tecnologías del compromiso, que aportan pautas para tomar decisiones. Así que si nos preguntamos '¿y ahora qué?', no tenemos que sacar la calculadora y empezar, cada vez, a sopesar los pros y los contras de todo. Vamos a la universidad, nos casamos, tenemos un hijo. Se nos dice cuándo es más sensato hacer un sacrificio para ganar algo en el futuro.
Pero la abundancia de opciones característica de los tiempos modernos ha trastocado estas tecnologías del compromiso. Nuestros antepasados barajaban un número misérrimo de opciones que exigían cambios exiguos en sus tecnologías del compromiso. La prosperidad económica provoca, en cambio, un flujo de novedades y nuevas recompensas a cuál más atractiva.
Poco a poco, se asienta una programación mental distinta para valorar las cosas que están inmediatamente al alcance de la mano, comparado con el valor de las cosas mucho más remotas. Las nuevas prioridades y valores afectan a los bienes y valores preexistentes. Es decir, la multiplicidad de opciones cambia el modo en el que escogemos y obliga, constantemente, a alterar el orden de prioridades en la tabla de compromisos.
En ese trasiego transcurre gran parte de la vida de la pareja, incluidas las locamente enamoradas. Las incorporaciones al trabajo y los cambios de actividad truncan la compartimentación de estructuras de asignación de tiempo largamente enraizadas; la incesante movilidad geográfica activa nuevos apegos que arrinconan a los antiguos; las exigencias de la educación de los hijos, a medida que se aproximan a la pubertad, provoca separaciones traumáticas en el entorno familiar; las hipotecas asumidas para mejorar el lugar de residencia obligan a expurgar compromisos menores o a asumir el pluriempleo; el aumento de los niveles de deuda a los máximos permitidos legalmente convierte en cuestión de vida o muerte el reparto de las fuentes tradicionales de ingresos como las herencias, distorsionando la naturaleza de los lazos familiares que antaño parecían intocables.
Las demandas personales crecientes sobre recursos y afectos limitados, movidas por la estrategia de compromisos, conforman la vida en un mar de confrontaciones. Parece sensato deducir que la abundancia de opciones degrada el concepto de prudencia al que me refería antes. Si las novedades llegan muy rápidamente, distraen de los objetivos a largo plazo. La abundancia produce ansiedad y la ansiedad reduce el bienestar.
La solución no radica en disminuir el número de nuevas opciones, como que los hombres cuiden de los niños, sino en tamizarlas y cuestionar algunos de los viejos compromisos adquiridos, como que las mujeres se cubran la cara con un velo. Se trata de un cambio cultural que, como todos los cambios culturales, da muestras de una morosidad casi genética. Un ejemplo que afecta a toda la sociedad ilustra sobre la naturaleza de estos cambios. Se trata de la incorporación de la mujer al trabajo y de la educación emocional de los hijos.
La incorporación de la mujer al trabajo no es sólo una de las grandes conquistas del ejercicio de las libertades individuales, sino una condición sine qua non para poder competir en la economía mundial. La consecución de este activo ha cuestionado el compromiso, muy extendido en las sociedades tradicionales, de que la educación emocional de los niños correspondía, primordialmente, a las mujeres. La incorporación de la población femenina al trabajo desguarnecía, pues, uno de los compromisos heredados.
Dado que las dos exigencias son irrenunciables -la incorporación de la población femenina al mundo laboral y la educación emocional de los niños-, resulta evidente que la nueva situación obliga a replantear el orden de los asuntos en la tabla de compromisos y, sobre todo, a diseñar nuevos caminos estratégicos para conciliarlos. Son procesos graduales, extremadamente complejos que, en este caso particular, comportan cambios de mentalidad en la población masculina, como asumir que la educación es un problema que incumbe a toda la sociedad y no sólo a los maestros y a las madres; reformas importantes de las políticas de prestaciones sociales y cambios en el orden de prioridades de la política, incluida la política científica y cultural."
¿...opiniones?
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06 abril 2009
01 abril 2009
pensamiento creativo
Estoy leyendo ahora el libro de Eduardo Punset "El viaje al amor, las nuevas claves científicas", y he encontrado un apartado que, como arquitecto -creativo-, me ha resultado muy interesante. Lo pongo aquí, espero con permiso de su autor...
"El enamorado no es un pensador creativo
Se está a punto de comprobar un hallazgo que dará respuesta a una de las preguntas que nos hemos formulado repetidamente sin dar con la respuesta. Aun aceptando que no hay un solo cerebro idéntico a otro, ¿por qué descuella uno en particular como más creativo? ¿Cuáles son los factores de la creatividad?
Dejemos los genios y la genialidad para otra ocasión. Olvidemos también ahora las razones -mucho más familiares, desde luego- de la torpeza. Lo que hemos querido saber sin éxito desde hace mucho tiempo es por qué, sencillamente, hay personas que son más creativas que otras. Está claro que hace falta un cierto nivel de inteligencia por debajo del cual es muy difícil la creatividad. Pero también está demostrado que siendo un factor necesario no es suficiente. Vayamos por aproximaciones.
La primera pasa por el descubrimiento de hace ya algunos años -mencionado en el capítulo 3- del neurólogo Simon Baron-Cohen, que no se relacionó entonces con el nivel de creatividad, sino con las diferencias de sexo. Los hombres eran, en promedio, más sitematizadores y las mujeres más empatizadoras; es decir, el sexo femenino nace con una mayor facilidad para ponerse en el lugar de otro y el masculino para lidiar con sistemas de la meteorología, la caza o las máquinas.
Recientemente se ha querido aplicar esta diferenciación a los científicos y a los artistas por separado y se ha comprobado que los científicos son más sistematizadores y los artistas más empatizadores. Hasta aquí todo es normal y explicable. Un artista como Picasso se relacionaba con el resto de los organismos vivos y predecibles mientras que Newton lo hacía con la naturaleza inerte. El primero intentaba comunicar su visión a los demás mediante su pintura y el otro buscar la razón de los sistemas.
La novedad radica en que se está comprobando que el porcentaje de creativos en el mundo del arte es mayor que en la comunidad científica. ¿Por qué? La respuesta tiene que ver con unos circuitos cerebrales que el neurólogo inglés Mark Lythgoe llama inhibidores latentes. Cuando se activan esos circuitos tendemos a filtrar y hasta eliminar toda la información o ruido ajenos a la tarea que se está ejecutando: leer un libro en un tren de cercanías abarrotado de gente, bajar el correo electrónico, escalar una montaña o hacer el amor. ESos inhibidores latentes han permitido focalizar la atención en una tarea en detrimento de lo aparentemente irrelevante, garantizando con ello la supervivencia de una persona o una idea en un momento dado.
Son unos circuitos cerebrales fabulosos para sobrevivir pero -y éste es el nuevo y sorprendente hallazgo- incompatibles con el pensamiento creativo. los artistas son, en promedio, más creativos que los científicos, simplemente porque no les funcionan bien los inhibidores latentes. En lugar de concentrarse en el objeto de su investigación, sabiendo cada vez más de menos hasta saberlo todo de nada -como decía Karl Marx de los monetaristas-, los artistas mantienen la mente abierta al vendaval de ideas, consistentes las unas y enloquecidas otras, que les llegan del mundo exterior. No logran focalizar toda su atención en un solo tema, como hacen los científicos.
Ahora resulta que el pensamiento creativo necesita de este vendaval. Es muy fácil leer un libro en el tren cuando los inhibidores latentes funcionan bien. Todo lo que no conviene o es irrelevante no hace mella; ni el ruido ni el pensamiento de los demás. Pero con este tipo de inhibidores es sumamente difícil ser creativo. La creatividad requiere una apertura constante de espíritu y confianza en las ideas y opiniones de los demás, de todo lo que flota alrededor, que difícilmente puede darse cuando los inhibidores no tienen imperfecciones flagrantes. Sólo cuando fallan se puede ser creativo.
En la persona enamorada -obcecada en el ser amado-, el mecanismo de sus inhibidores latentes parece funcionar a la perfección. Son herméticos. Aíslan hasta tal punto del mundo exterior la atención del sujeto que nada puede interferir con la devoción al ser imaginado. De ahí a deducir que el enamoramiento no es la condición óptima para el pensamiento creativo no hay más que un paso; un paso que la historia de los grandes amores tendería a probar.
Mi consejo no es tanto esforzarse en ser creativos -se podrá o no incidir en nuestra estructura cerebral-, como en saber distinguir entre el pensamiento creativo y el que no lo es en los demás. Desconfiemos o seamos compasivos, según los casos, de todos aquellos que, como los enamorados, atraviesan un periodo en que funcionan perfectamente los mecanismos de inhibidores latentes neurológicos. Y confiemos en aquellos cuyos defectos les permiten atender a los sentimientos de los otros, intereses diversos, realidades, quimeras; así como desatender -por lo menos durante un rato- lo que es fruto exclusivo de las ambiciones o ideas de uno mismo."
¿Podemos, como arquitectos, tener una estructura cerebral puramente creativa? En ocasiones hace falta ser sistemáticos para resolver problemas técnicos... ¿Podemos, pensando en un ideal, ser una especie de esquizofrénicos de estructura de pensamiento, de manera que activamos y desctivamos los inhibidores latentes según lo que estemos haciendo? ¿se puede aprender ese aspecto? Yo creo que debemos serlo, y de hecho a veces tenemos que ponernos a CREAR, y otras veces a resolver cuestiones que poco tienen que ver con la creatividad, sino con el conocimiento técnico. ¿Cuánto de compatible es? ¿Estamos destinados a eliminar los aspectos técnicos de nuestro trabajo en pro de la creatividad? ¿Cuál es el equilibrio?
Muchas cosas se me plantean en este texto (sin entrar a las posibilidades del enamoramiento vs profesión creativa), muchas preguntas que me quedan, de momento, sin respuesta.
"El enamorado no es un pensador creativo
Se está a punto de comprobar un hallazgo que dará respuesta a una de las preguntas que nos hemos formulado repetidamente sin dar con la respuesta. Aun aceptando que no hay un solo cerebro idéntico a otro, ¿por qué descuella uno en particular como más creativo? ¿Cuáles son los factores de la creatividad?
Dejemos los genios y la genialidad para otra ocasión. Olvidemos también ahora las razones -mucho más familiares, desde luego- de la torpeza. Lo que hemos querido saber sin éxito desde hace mucho tiempo es por qué, sencillamente, hay personas que son más creativas que otras. Está claro que hace falta un cierto nivel de inteligencia por debajo del cual es muy difícil la creatividad. Pero también está demostrado que siendo un factor necesario no es suficiente. Vayamos por aproximaciones.
La primera pasa por el descubrimiento de hace ya algunos años -mencionado en el capítulo 3- del neurólogo Simon Baron-Cohen, que no se relacionó entonces con el nivel de creatividad, sino con las diferencias de sexo. Los hombres eran, en promedio, más sitematizadores y las mujeres más empatizadoras; es decir, el sexo femenino nace con una mayor facilidad para ponerse en el lugar de otro y el masculino para lidiar con sistemas de la meteorología, la caza o las máquinas.
Recientemente se ha querido aplicar esta diferenciación a los científicos y a los artistas por separado y se ha comprobado que los científicos son más sistematizadores y los artistas más empatizadores. Hasta aquí todo es normal y explicable. Un artista como Picasso se relacionaba con el resto de los organismos vivos y predecibles mientras que Newton lo hacía con la naturaleza inerte. El primero intentaba comunicar su visión a los demás mediante su pintura y el otro buscar la razón de los sistemas.
La novedad radica en que se está comprobando que el porcentaje de creativos en el mundo del arte es mayor que en la comunidad científica. ¿Por qué? La respuesta tiene que ver con unos circuitos cerebrales que el neurólogo inglés Mark Lythgoe llama inhibidores latentes. Cuando se activan esos circuitos tendemos a filtrar y hasta eliminar toda la información o ruido ajenos a la tarea que se está ejecutando: leer un libro en un tren de cercanías abarrotado de gente, bajar el correo electrónico, escalar una montaña o hacer el amor. ESos inhibidores latentes han permitido focalizar la atención en una tarea en detrimento de lo aparentemente irrelevante, garantizando con ello la supervivencia de una persona o una idea en un momento dado.
Son unos circuitos cerebrales fabulosos para sobrevivir pero -y éste es el nuevo y sorprendente hallazgo- incompatibles con el pensamiento creativo. los artistas son, en promedio, más creativos que los científicos, simplemente porque no les funcionan bien los inhibidores latentes. En lugar de concentrarse en el objeto de su investigación, sabiendo cada vez más de menos hasta saberlo todo de nada -como decía Karl Marx de los monetaristas-, los artistas mantienen la mente abierta al vendaval de ideas, consistentes las unas y enloquecidas otras, que les llegan del mundo exterior. No logran focalizar toda su atención en un solo tema, como hacen los científicos.
Ahora resulta que el pensamiento creativo necesita de este vendaval. Es muy fácil leer un libro en el tren cuando los inhibidores latentes funcionan bien. Todo lo que no conviene o es irrelevante no hace mella; ni el ruido ni el pensamiento de los demás. Pero con este tipo de inhibidores es sumamente difícil ser creativo. La creatividad requiere una apertura constante de espíritu y confianza en las ideas y opiniones de los demás, de todo lo que flota alrededor, que difícilmente puede darse cuando los inhibidores no tienen imperfecciones flagrantes. Sólo cuando fallan se puede ser creativo.
En la persona enamorada -obcecada en el ser amado-, el mecanismo de sus inhibidores latentes parece funcionar a la perfección. Son herméticos. Aíslan hasta tal punto del mundo exterior la atención del sujeto que nada puede interferir con la devoción al ser imaginado. De ahí a deducir que el enamoramiento no es la condición óptima para el pensamiento creativo no hay más que un paso; un paso que la historia de los grandes amores tendería a probar.
Mi consejo no es tanto esforzarse en ser creativos -se podrá o no incidir en nuestra estructura cerebral-, como en saber distinguir entre el pensamiento creativo y el que no lo es en los demás. Desconfiemos o seamos compasivos, según los casos, de todos aquellos que, como los enamorados, atraviesan un periodo en que funcionan perfectamente los mecanismos de inhibidores latentes neurológicos. Y confiemos en aquellos cuyos defectos les permiten atender a los sentimientos de los otros, intereses diversos, realidades, quimeras; así como desatender -por lo menos durante un rato- lo que es fruto exclusivo de las ambiciones o ideas de uno mismo."
¿Podemos, como arquitectos, tener una estructura cerebral puramente creativa? En ocasiones hace falta ser sistemáticos para resolver problemas técnicos... ¿Podemos, pensando en un ideal, ser una especie de esquizofrénicos de estructura de pensamiento, de manera que activamos y desctivamos los inhibidores latentes según lo que estemos haciendo? ¿se puede aprender ese aspecto? Yo creo que debemos serlo, y de hecho a veces tenemos que ponernos a CREAR, y otras veces a resolver cuestiones que poco tienen que ver con la creatividad, sino con el conocimiento técnico. ¿Cuánto de compatible es? ¿Estamos destinados a eliminar los aspectos técnicos de nuestro trabajo en pro de la creatividad? ¿Cuál es el equilibrio?
Muchas cosas se me plantean en este texto (sin entrar a las posibilidades del enamoramiento vs profesión creativa), muchas preguntas que me quedan, de momento, sin respuesta.
30 diciembre 2008
conversar y su arquitectura
Encontré en el libro de Wagensberg El Gozo Intelectual dos capítulos en los que introduce temas arquitectónicos en relación a la conversación, que es de lo que trata el libro. Aquí los cito:
Extracto del libro El Gozo Intelectual:
Son dos de los artículos que incluye en libro en su segunda parte "la práctica", y que aprovechando este post, vuelvo a recomendar.
59.Verse las caras.
Ir a favor del conocimiento es ir a favor de la conversación. Y la conversación ocurre en un espacio, un espacio que conciben arquitectos y diseñadores. Puede hacerse una estimación de la salud cognitiva de una población con sólo echar un vistazo a sus espacios de encuentro.
Una sala de cine es como debe ser. Todo el mundo lo sabe: en ella, uno intenta olvidarse de sí mismo para para así mejor meterse en la película. La disposición de los asientos es como debe ser: nadie ve la cara de nadie, pero todos ven la pantalla que cuelga por encima del patio de butacas. La pantalla es una ventana por donde se espía un mundo prescrito que nos hace reír o llorar, pero en el que ya no se puede intervenir (...). Inversamente, la película se desenrosca insensible a las emociones que puedan suscitarse allí abajo en la sala. Ahora, si sustituimos la pantalla por un orador, tenemos una pésima sala de conferencias. Todo el mundo lo sabe: el ordador, además de saber más, habla desde las alturas. El espectador de la primera fila evita pedir la palabra para salvarse de cien pares de ojos clavados en su nuca, y lo mismo hace el de la última fila, temeroso de que la audiencia en pleno retuerza el pezcuezo 180 grados para sancionar su osadía con una mirada descreída.
Una sala para explicar anatomía es como debe ser. Todo el mundo lo sabe: los asistentes ocupan el interior de una superficie cónica desde donde todos se ven las caras y desde donde se domina la evidencia, el cuerpo que disecciona el maestro, en el vértice inferior. El sabio mira hacia arriba, la audiencia hacia abajo. La diferencia de altura compensa la diferencia de autoridad. El que habla tiene en la expresión del rostro ajeno el reflejo instantáneo de sus palabras, una recompensa que anima a pedir la palabra, aunque sólo sea para ponerla a prueba. Ahora sí, el aula de anatomía es una espléndida sala de conferencias. Todo el mundo lo sabe.
Todo el mundo lo sabe: las salas de conferencias suelen ser casi siempre salas tipo sala de cine. Y nadie sabe bien por qué.
60.Potencias de diez.
Ir a favor del conocimiento es ir a favor de la conversación. Y la conversación ocurre en un espacio, un espacio que la organización de la convivencia humana se regala a sí misma en ciudades, barrios y pueblos. Puede hacerse una estimación de la salud cognitiva de una población con sólo echar un vistazo a la dimensión de sus espacios de encuentro.
Uno: la reflexión. Es la mínima expresión de la conversación: uno consigo mismo. La reflexión fomenta la independencia del individuo frente a la incertidumbre. La ciudad está llena de lugares en los que cabe una sola persona en paz.
Dos: la conversación. Uno habla después de escuchar mientras el otro escucha antes de hablar. No es difícil encontrar espacios idóneos para dos personas en una ciudad. La conversación fomenta la reflexión.
Unos diez: la tertulia. Participan los que pueden sentarse juntos en otrno a una mesa, contemplar juntos una exposición, o pasear juntos como maestro y discípulos. Bares y restaurantes pueden alojar bien una tertulia. La tertulia fomenta la conversación.
Unos cien: la conferencia. Se reúnen en un aula o en una sala para escuchar a unos oradores lejanos pero aún presentes. Tras la ponencia, cualquiera puede tomar la palabra en iniciar un amago de conversación. En algunos hoteles, escuelas, cines, teatros o bibliotecas se pueden consvocar este tipo de charlas. La conferencia fomenta la tertulia.
Unos mil: la ceremonia. Acuden para asistir a discursos y espectáculos. Grandes pantallas sustitutyen a las antiguas máscaras para magnificar la expresión de un rostro imperceptible. Imposible conversar, pero se puede aplaudir o abuchear. Sólo los templos o espacios al aire libre sirven para acoger ceremonias. Nunca me he sentido empujado por una ceremonia hacia algo que acabe en reflexión.
Las decenas de miles (el gran mitin), los centenares de miles (el gran espectáculo) y los millones (la gran manifestación) se concentran, previa identificación colectiva, para felicitarse por su propia enormidad. Para ello sirven las grandes instalaciones deportivas o los grandes espacios públicos. Ya son, más bien, para dormir la reflexión..."
Extracto del libro El Gozo Intelectual:
Son dos de los artículos que incluye en libro en su segunda parte "la práctica", y que aprovechando este post, vuelvo a recomendar.
59.Verse las caras.
Ir a favor del conocimiento es ir a favor de la conversación. Y la conversación ocurre en un espacio, un espacio que conciben arquitectos y diseñadores. Puede hacerse una estimación de la salud cognitiva de una población con sólo echar un vistazo a sus espacios de encuentro.
Una sala de cine es como debe ser. Todo el mundo lo sabe: en ella, uno intenta olvidarse de sí mismo para para así mejor meterse en la película. La disposición de los asientos es como debe ser: nadie ve la cara de nadie, pero todos ven la pantalla que cuelga por encima del patio de butacas. La pantalla es una ventana por donde se espía un mundo prescrito que nos hace reír o llorar, pero en el que ya no se puede intervenir (...). Inversamente, la película se desenrosca insensible a las emociones que puedan suscitarse allí abajo en la sala. Ahora, si sustituimos la pantalla por un orador, tenemos una pésima sala de conferencias. Todo el mundo lo sabe: el ordador, además de saber más, habla desde las alturas. El espectador de la primera fila evita pedir la palabra para salvarse de cien pares de ojos clavados en su nuca, y lo mismo hace el de la última fila, temeroso de que la audiencia en pleno retuerza el pezcuezo 180 grados para sancionar su osadía con una mirada descreída.
Una sala para explicar anatomía es como debe ser. Todo el mundo lo sabe: los asistentes ocupan el interior de una superficie cónica desde donde todos se ven las caras y desde donde se domina la evidencia, el cuerpo que disecciona el maestro, en el vértice inferior. El sabio mira hacia arriba, la audiencia hacia abajo. La diferencia de altura compensa la diferencia de autoridad. El que habla tiene en la expresión del rostro ajeno el reflejo instantáneo de sus palabras, una recompensa que anima a pedir la palabra, aunque sólo sea para ponerla a prueba. Ahora sí, el aula de anatomía es una espléndida sala de conferencias. Todo el mundo lo sabe.
Todo el mundo lo sabe: las salas de conferencias suelen ser casi siempre salas tipo sala de cine. Y nadie sabe bien por qué.
60.Potencias de diez.
Ir a favor del conocimiento es ir a favor de la conversación. Y la conversación ocurre en un espacio, un espacio que la organización de la convivencia humana se regala a sí misma en ciudades, barrios y pueblos. Puede hacerse una estimación de la salud cognitiva de una población con sólo echar un vistazo a la dimensión de sus espacios de encuentro.
Uno: la reflexión. Es la mínima expresión de la conversación: uno consigo mismo. La reflexión fomenta la independencia del individuo frente a la incertidumbre. La ciudad está llena de lugares en los que cabe una sola persona en paz.
Dos: la conversación. Uno habla después de escuchar mientras el otro escucha antes de hablar. No es difícil encontrar espacios idóneos para dos personas en una ciudad. La conversación fomenta la reflexión.
Unos diez: la tertulia. Participan los que pueden sentarse juntos en otrno a una mesa, contemplar juntos una exposición, o pasear juntos como maestro y discípulos. Bares y restaurantes pueden alojar bien una tertulia. La tertulia fomenta la conversación.
Unos cien: la conferencia. Se reúnen en un aula o en una sala para escuchar a unos oradores lejanos pero aún presentes. Tras la ponencia, cualquiera puede tomar la palabra en iniciar un amago de conversación. En algunos hoteles, escuelas, cines, teatros o bibliotecas se pueden consvocar este tipo de charlas. La conferencia fomenta la tertulia.
Unos mil: la ceremonia. Acuden para asistir a discursos y espectáculos. Grandes pantallas sustitutyen a las antiguas máscaras para magnificar la expresión de un rostro imperceptible. Imposible conversar, pero se puede aplaudir o abuchear. Sólo los templos o espacios al aire libre sirven para acoger ceremonias. Nunca me he sentido empujado por una ceremonia hacia algo que acabe en reflexión.
Las decenas de miles (el gran mitin), los centenares de miles (el gran espectáculo) y los millones (la gran manifestación) se concentran, previa identificación colectiva, para felicitarse por su propia enormidad. Para ello sirven las grandes instalaciones deportivas o los grandes espacios públicos. Ya son, más bien, para dormir la reflexión..."
28 octubre 2008
el gozo intelectural

Jorge Wagensberg es doctor en Física, investigador y divulgador de ciencia, exdirector de Cosmocaixa, Premio Nacional de Pensamiento y Cultura Científicos de Cataluña, y un largo etcétera.
En este libro habla sobre el hecho del camino al saber, de la obtención de conocimiento que deriva en lo que él define gozo intelectual. Dice cosas como "Un buen todo no es la suma simple de sus partes. El concepto de innovación quizás exista por esa razón. El todo sólo es la suma de sus partes cuando éstas no interaccionan entre sí. La interacción entre partes, en cambio, puede dar nuevos todos". Aún no me lo he terminado, pero ya lo recomiendo y escribo aquí un extracto que me ha gustado especialmente:
"II. Sobre lo común y lo diverso. Si la realidad tiene cierto interés es porque en todo conjunto arbitrario de cosas resulta que no todo es común ni todo es diverso." -quizá me guste porque es, en cierta medida, un canto al color grís de la vida-
"10. El mundo es inteligible porque no puede haber más árboles que ramas.
Del título de este texto se convence uno en poco más de cien palabras. La frase oscila entre dos afirmaciones extremas: todas las ramas son de un mismo árbol (frondosidad máxima) y todas las ramas son de árboles distintos (frondosidad mínima) Apuremos la metáfora, la estructura de la inteligibilidad del mundo oscila entre los mismos extremos: todas las ramas son de un mismo tronco (la inteligibilidad es máxima) y todas las ramas son tronco ellas mismas (el mundo es ininteligible). O sea, dada una realidad con un número n de objetos reales hay un alto número de maneras según el cual aquélla es inteligible y sólo una manera según la cual no lo es. Luego, en ausencia de ulterior información, cuanto más vasta sea una realidad, menos probable es que sea ininteligible.
Sean dos objetos (o dos fenómenos) de este mundo. Demostrar que son iguales es una tarea infinita porque infinita es la proeza de comparar infinitos pares de detalles con infinita precisión. Se diría que una cosa sólo es idéntica a sí misma. En cambio, para demostrar que dos cosas son distintas, basta tropezarse con la primera diferencia. La diferencia es una realidad precisa, nítida, definitiva y fiable. Lo común, en cambio, es una abstracción aproximada, difusa, provisional y dudosa. La diferencia salta a la vista. Lo común hay que buscarlo bajo las diferencias. La situación opuesta (diferencia oculta bajo semejanza aparente) es tan rara en la naturaleza que incluso tiene nombre: el mimetismo. Es, por ejemplo, cuando una mariposa inofensiva se disfraza de avispa para engañar a sus depredadores.
Sin embargo, para sobrevivir en la incertidumbre, la información que alude a una diferencia es mucho menos útil que la que alude a una semejanza. Buscar lo diferente es observar; buscar lo común es comprender. Encontrar detalles diferentes es reunir datos, encontrar esencias comunes es crear conocimiento. Buscar diferencias ocultas entre dos dibujos aparentemente idénticos es, como mucho, un juego de observación. En cambio, comparar el dibujo de un toro con el de un ratón en busca de una esencia compartida (animal, vertebrado, cuadrúpedo, mamífero...) es, como mínimo, un ejercicio de comprensión.
Pensemos ahora en el conjunto de todo lo que existe. Comparemos todas las cosas entre sí (¡!) y dibujemos mentalmente el gran mapa universal de lo común y de lo diverso. En ciencia este mapa tiene nombre: es la inteligibilidad del mundo. La metáfora trae consigo una buena pregunta: ¿cómo es ese mapa?, es decir, ¿cuál es la estructura de la inteligibilidad del mundo?.
Imaginemos los objetos (y fenómenos) reales como las pautas últimas de las últimas ramas de unos árboles. Cada diferencia obliga a la bifurcación de una rama. Cada esencia común significa que, en algún lugar, existe una rama compartida. Un ratón y un toro están en las puntas de unas ramitas que se reunen en algún punto de la rama de los mamíferos, la cual a su vez, procede de la bifurcación de los cuadrúpedos cuya otra rama derivó, digamos, hacia los reptiles. La caída de un meteorito, los saltos de una pulga y la turbulencia en una cascada son fenómenos con una misma rama ancestral llamada mecánica newtoniana, su íntima y fundamental inteligibilidad. En esta metáfora de metáfora, la inteligibilidad del universo es un bosque de árboles cuyos troncos son los conocimientos más fundamentales, no reductibles a nada ulterior más profundo y donde cada rama comprende a sus ramas hijas hasta una maraña de yemas que soportan cada detalle de la realidad entera. ¿Cuántos árboles tiene la inteligibilidad del mundo? Ciertos paisajes de la realidad tienden a comprimirse hasta un solo árbol de un solo tronco, como la física que sigue soñando con la llamada teoría del todo. Todos los seres vivos se basan en el mismo código genético y descienden, parece, de un remoto ancestro común. Los idiomas se agrupan en muy pocas familias. Los alfabetos (que no las escrituras) derivan todos de uno solo, el alfabeto protosinaítico...
Podría ser de otro modo, pero no lo es: en la inteligibilidad del mundo en el que vivimos hay más ramas que árboles. Lo extraordinario sería que fuera de otro modo, que la inteligibilidad del mundo en el que vivimos fuera un extraño bosque de árboles sin ramas. El conocimiento como un bosque de árboles es, creo, más que una metáfora. Cuando hay pocos árboles con muchas ramas, el mundo está regulado por un puñado de leyes y los objetos y fenómenos se dejan clasificar. En cambio, cuando hay muchos árboles con pocas ramas, entonces hay poco que comprender. Entiendo la perplejidad de Einstein cada vez que experimentaba un gozo intelectual por comprender algo nuevo de la naturaleza, y quizá fuera eso lo que un día le hizo exclamar algo así como: Lo más incomprensible del mundo es que el mundo sea comprensible. Hoy considero esta frase como una exclamación de júbilo por comprender, un aforismo de brillante sonoridad, pero falso. La verdad es que he contribuido a divulgar esta frase. Lo que ahora siento no es arrepentimiento, pero creo que hay que interpretarla como la manifestación de un estado de ánimo maravillado por comprender, no como una afirmación filosófica. Un mundo ininteligible sería un mundo cuyas realidades no comparten nada de sus respectivas historias, un mundo en el que nada tiene que ver con nada, un mundo sin evolución, sin tiempo, un mundo sin conocimiento, un mundo en el que nada hay para la comprensión sino, en todo caso, para la creencia."
30 abril 2008
libro de arquitectura on-line
"pieles" es un libro de arquitectura con versión consultable online. Un lujo. También pueden comprarlo, pero esto es como verlo en la librería y echarle ojo, solo que en casa. Lo dicho, un lujo. (visto en ecosistemaurbano.org)
26 marzo 2008
emoción
Ya me leí "El viaje a la Felicidad, las nuevas claves científicas", un libro de Eduardo Punset que recomiendo. Y encontré un par de cosas que no quiero olvidar, porque me han atormentado en cierta manera en los últimos tiempos, y por eso las releo y escribo.
La primera de ellas es que "todo empieza con una emoción (...) las decisiones -todas las decisiones- son emocionales. ¿Cuál es la trama normal de cualquier planteamiento? En el inicio -si lo que acabamos de decir es correcto- hay una emoción. A continuación, se lleva a cabo un proceso de cálculo racional en el que se va ponderando toda la información disponible. A diferencia de la primera fase, en la que todo ocurre a velocidad de vértigo, la segunda etapa es lenta y tediosa: hay tal proliferación de argumentos a favor y en contra que, a fuerza de ponderar y sopesar datos, la lógica de la razón no acaba de imponerse. Afortunadamente, al final reaparecen, como una tabla de salvación, las emociones. Si antes no sabíamos para qué servían las emociones, ahora constatamos que sin ellas no tomaríamos nunca decisiones. (...) Si sólo contáramos con la razón, no decidiríamos nunca nada, dada la complejidad casi infinita que supone evaluar correctamente la selva de datos disponibles." Es más, sin la emoción inicial, ¿qué es lo que racionalmente nos llevaría a iniciar un planteamiento -en mi caso, un proyecto-? Durante la carrera me he hecho verdaderos líos en la cabeza (y aún los arrastro) sobre la justificación racional de las decisiones de proyecto. Y en mi afán por la fidelidad a la racionalidad, por ser coherente conmigo mismo, me he encontrado con más barreras que facilidades al seguir un camino que, finalmente, no me llevaban a mejores resultados. Ahora veo que además, lo natural es decidir emocionalmente tras, eso sí, barajar posibilidades y descartar las racionalmente obvias.
Por otro lado, estudiando el caso de un gato al que encierran en una jaula pero con la posibilidad de que él mismo descubra cómo salir, leo que "...lo descubrimos recientemente en el caso del gato y lo sabemos a ciencia cierta en el caso de los humanos: la activación de los procesos imaginativos, de búsqueda de soluciones de control implican una interrelación. Si nadie le miraba, el gato dormitaba en la jaula sin buscar siquiera salida." Necesitamos que alguien sea observador de lo que hacemos para que se nos despierte el espíritu creador.
La primera de ellas es que "todo empieza con una emoción (...) las decisiones -todas las decisiones- son emocionales. ¿Cuál es la trama normal de cualquier planteamiento? En el inicio -si lo que acabamos de decir es correcto- hay una emoción. A continuación, se lleva a cabo un proceso de cálculo racional en el que se va ponderando toda la información disponible. A diferencia de la primera fase, en la que todo ocurre a velocidad de vértigo, la segunda etapa es lenta y tediosa: hay tal proliferación de argumentos a favor y en contra que, a fuerza de ponderar y sopesar datos, la lógica de la razón no acaba de imponerse. Afortunadamente, al final reaparecen, como una tabla de salvación, las emociones. Si antes no sabíamos para qué servían las emociones, ahora constatamos que sin ellas no tomaríamos nunca decisiones. (...) Si sólo contáramos con la razón, no decidiríamos nunca nada, dada la complejidad casi infinita que supone evaluar correctamente la selva de datos disponibles." Es más, sin la emoción inicial, ¿qué es lo que racionalmente nos llevaría a iniciar un planteamiento -en mi caso, un proyecto-? Durante la carrera me he hecho verdaderos líos en la cabeza (y aún los arrastro) sobre la justificación racional de las decisiones de proyecto. Y en mi afán por la fidelidad a la racionalidad, por ser coherente conmigo mismo, me he encontrado con más barreras que facilidades al seguir un camino que, finalmente, no me llevaban a mejores resultados. Ahora veo que además, lo natural es decidir emocionalmente tras, eso sí, barajar posibilidades y descartar las racionalmente obvias.
Por otro lado, estudiando el caso de un gato al que encierran en una jaula pero con la posibilidad de que él mismo descubra cómo salir, leo que "...lo descubrimos recientemente en el caso del gato y lo sabemos a ciencia cierta en el caso de los humanos: la activación de los procesos imaginativos, de búsqueda de soluciones de control implican una interrelación. Si nadie le miraba, el gato dormitaba en la jaula sin buscar siquiera salida." Necesitamos que alguien sea observador de lo que hacemos para que se nos despierte el espíritu creador.
07 marzo 2008
sobre el alma
Acabo de ver una entrevista en las noticias de La 2 a Eduardo Punset. Me ha apasionado. Ya había oído su nombre varias veces, visto "redes" en alguna afortunada ocasión -el horario de madrugada no era muy favorecedor a verlo- y ya me había interesado todo lo que decía. Es raro encontrar a alguien que habla con tanta pasión por aquello que hace. Y la verdad, también me interesa lo que cuenta, porque habla del hombre. No como lo haría un filósofo, no como lo haría un cura. No como lo haría la psicología de barrio que abunda en la calle y en la tele. Habla de realidades científicas. Explica lo que puede con datos científicos, y lo que no, no se lo inventa. Así que ya he decidido que me voy a leer sus libros, de los que ya me han hablado bien en otras ocasiones, y con los que me voy a hacer y poner en mi mesilla junto con la tonga "pendiente".
Algunos libros: "El alma está en el cerebro", "El viaje a la felicidad", "El viaje al amor".
Algunos libros: "El alma está en el cerebro", "El viaje a la felicidad", "El viaje al amor".
10 octubre 2007
Vörland
Siguiendo con la entrada anterior, hablando de sostenibilidad, la revista COLORS, del grupo Benetton, edita en su edición de este verano un número versando sobre una hipotética isla futura, autónoma y de política y sociedad completamente ecológica. Sobre esto, vuelvo a opinar que es un poco exagerada en cuanto a la importancia del CO2, lo cual le da un aire un poco inocente, pero no deja de ser interesante en los planteamientos y por supuesto, de lectura obligada para todos los enamorados de la ecología y el medio ambiente (en especial los arquitectos que siguen esa moda, puesto que incluye un mapa de la isla con cada uno de los elementos que conforman la sociedad, sistemas de materiales reciclados, etc) Es un numero muy interesante y creativo, desde luego. Por otro lado, en general, es una revista que recomiendo.
23 junio 2007
espacio basura

es el tema del que habla este libro, que es un texto del año 2002 de rem koolhas. Podría sacar muchos estractos, pero no los marqué cuando los leí... luego igual releo por encima y pongo alguno. También pueden leerlo por internet aquí.
es un poco denso... y va hablando de lugares y zonas sin nombrarlas explícitamente, así q hay que hacerse una idea, pero una vez te haces a la lectura, es muy interesante.
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